Josefa Tiga, intimidada por su último regalo de cumpleaños, un reloj de esos que te cuentan los pasos diarios, decidió ponerle remedio a las exigencias a las que le sometía el dichoso aparatito y, como no sabía quitarle el sonido, empezó a caminar todos los días para contentarlo.

Lo primero que hizo fue cambiar el coche por las mallas, las zapatillas de deporte y la mochila para ir a hacer la compra, y así fue tomando el hábito de caminar a diario poco a poco.

Sin embargo, unas semanas después, Josefa se dió cuenta que el aparato también reconocía los pasos que daba dentro de la casa y tubo una revelación. “Si el aparato recoge que doy 33 pasos del salón a la cocina, con ir 150 veces al día ya tengo el día echado”.

La solución parecía sencilla, pero teniendo en cuenta que en la cocina lo que se guarda es la comida, cada paseito terminaba con un picoteo a la boca. Y así en un mes, en vez de adelgazar con los paseos, había  engordado cinco kilos.

Ese fue el momento en que Josefa pensó en una mejor solución. Se quitó la pulsera, agarró un martillo y de tres o cuatro martillazos se terminó su relación con el cuenta pasos para siempre.