Nos ha llegado otro caso a la redacción que ejemplifica perfectamente la estupidez humana y, al mismo tiempo su increíble capacidad de adaptación.

Se trata del caso de Alberto Ontolaba, un pobre diablo, sin oficio ni beneficio que al ir a desinfectarse las manos con el gel desinfectante, agarró un tubo de pegamento industrial que tenía su tío en casa y desde entonces no ha podido separar las manos.

Con el desgraciado hemos querido hablar y nos hemos puesto en contacto con él por teléfono. Después de varios tonos, ya que ahora atiende al teléfono descolgando con la nariz, ha conseguido coger la llamada y poner el manos libres. Esto es lo que nos ha contado:

“Que quereis que os diga, a mí me dijo mi tio, coge el bote ese y desinfectate bien no me vayas a pegar el coronavirus”, “así que yo cogí el primer bote que vi y me lo apliqué bien entre las manos y los dedos”, “quince collejas me pegó mi tío, y porque se cansó porque yo no me podía defender”, “pero bueno no hay mal que por bien no venga”, “tal y como salí a la calle me agarró el cura del pueblo y me ofreció el puesto de monaguillo”, “así que mira no seré tan tonto como dice todo el mundo”.